domingo, 25 de agosto de 2013

Algunas ideas espiritales sobre el valor de las relaciones



El sentido más espiritual de la vida que he podido aprender en estos tiempos es del valor de las relaciones (Lágrimas en los ojos).
No hay nada más valioso en la vida que las relaciones con otros seres. No solo se trata del sentido de nuestra propia gratificación estilo “si alguien me trata bien yo lo trato bien”, “si me habla bonito lo respeto”, “soy su amigo/a cambio de algo que me gratifique”. Muy diferente a esto es que el valor de las relaciones reside en lo que podemos denominar el “efecto reflejo”.
Las relaciones son un espejo de lo que nosotros somos mismos. Por eso, podemos viajar de un lugar a otro y casi siempre encontraremos personas parecidas, a veces hasta físicamente, quienes nos ayudarán a manifestar situaciones similares hasta que hallamos “aprendido y trascendido lo que teníamos que aprender y trascender”.
Sin esta realización, decidimos criticar y juzgar una y otra vez. Al hacerlo en verdad estamos viendo nuestros propios defectos. Decimos “Juanito es así, y lo que realmente decimos es “me molesta Juanito porque me hace recordar que yo soy así”. Nuestras relaciones son el espejo donde se refleja quienes somos.
También, debemos entender que nuestras relaciones son algo que manifestamos desde más allá de lo que se encuentra en nuestra percepción sensorial. Hemos atraído a nuestras vidas exactamente el tipo de experiencias basadas en el tipo de vibraciones que tiene nuestro corazón., alma, etc… Esta experiencia, además de la situación, incluye a la persona ideal que es objeto de la situación que se manifiestas.
Eso explica el efecto denominado “sino” en psicología. El sino es aquella tendencia de vida: somos traicionados una vez y otra vez y huimos de por vida a la traición sin poder evitar volver a ser traicionados; somos engañados, maltratados, o rechazados, y nos escondemos a este tipo de experiencias. Cada vez que pasa, sea esto después de horas o de muchos años, diremos una y otra vez: “siempre me pasa lo mismo”. Obviamente cada experiencia “negativa” aumenta nuestra desconfianza, nuestro auto rechazo (que todos lo tenemos en cierto grado) y paulatinamente disminuye nuestra fe y amor.
La mayoría de tradiciones espirituales del mundo apuntan hacia el matrimonio como la relación más sagrada del mundo. Esto tiene, obviamente, un sentido muy práctico; la familia como institución es el núcleo formador de la sociedad. Sin embargo, más allá del pragmatismo social-económico del mundo, en la familia es donde verdaderamente vemos reflejado quienes somos nosotros mismos porque no será sino en la convivencia, ante la adversidad, en nuestra responsabilidad y auto entrega hacia otros donde veremos asomar el miedo, el rencor y responderemos con fortaleza o y paz, o nos dejaremos vencer por nuestras prospecciones irracionales.
Cuándo encontramos la comprensión espiritual de nuestras relaciones, entendemos que somos nosotros los responsables (ojo, no existe la culpa) de manifestar lo que pasa a nuestro alrededor. Esto incluye también las acciones desfavorables del resto frente a mí: insultos, golpes, traiciones, enfados. 
Una persona que desea el amor, pero a su vida no atrae más que un fracaso sobre otro, podría estar vibrando inconscientemente en el  sentimiento de ser indigno del mismo. De esta manera, aunque su mayor anhelo sea alcanzar el amor, es al mismo tiempo el responsable de atraer lo que no desea y así fortalecer el sentimiento que lo atrae.
Una mirada ideal de nuestras relaciones, ante la desidia y el fracaso, la amargura y el rechazo, nos llevará a la pregunta ¿qué tengo que aprender sobre mí mismo en esta situación? Y ante el (supuesto) error ajeno, y ante la gran tentación de criticar, nos llevará a decir: Yo he causado esta situación en mi vida. Me perdono a mí mismo!
En mi universo infinito, todo es perfecto. Las posibilidades son infinitas y estoy abierto a todas ellas.