El sentido más espiritual de la vida que he podido aprender
en estos tiempos es del valor de las relaciones (Lágrimas en los ojos).
No hay nada más valioso en la vida que las relaciones con
otros seres. No solo se trata del sentido de nuestra propia gratificación
estilo “si alguien me trata bien yo lo trato bien”, “si me habla bonito lo
respeto”, “soy su amigo/a cambio de algo que me gratifique”. Muy diferente a
esto es que el valor de las relaciones reside en lo que podemos denominar el “efecto
reflejo”.
Las relaciones son un espejo de lo que nosotros somos
mismos. Por eso, podemos viajar de un lugar a otro y casi siempre encontraremos
personas parecidas, a veces hasta físicamente, quienes nos ayudarán a
manifestar situaciones similares hasta que hallamos “aprendido y trascendido lo
que teníamos que aprender y trascender”.
Sin esta realización, decidimos criticar y juzgar una y otra
vez. Al hacerlo en verdad estamos viendo nuestros propios defectos. Decimos
“Juanito es así, y lo que realmente decimos es “me molesta Juanito porque me
hace recordar que yo soy así”. Nuestras relaciones son el espejo donde se
refleja quienes somos.
También, debemos entender que nuestras relaciones son algo que
manifestamos desde más allá de lo que se encuentra en nuestra percepción
sensorial. Hemos atraído a nuestras vidas exactamente el tipo de experiencias
basadas en el tipo de vibraciones que tiene nuestro corazón., alma, etc… Esta experiencia,
además de la situación, incluye a la persona ideal que es objeto de la situación
que se manifiestas.
Eso explica el efecto denominado “sino” en psicología. El
sino es aquella tendencia de vida: somos traicionados una vez y otra vez y
huimos de por vida a la traición sin poder evitar volver a ser traicionados;
somos engañados, maltratados, o rechazados, y nos escondemos a este tipo de
experiencias. Cada vez que pasa, sea esto después de horas o de muchos años, diremos
una y otra vez: “siempre me pasa lo mismo”. Obviamente cada experiencia “negativa”
aumenta nuestra desconfianza, nuestro auto rechazo (que todos lo tenemos en
cierto grado) y paulatinamente disminuye nuestra fe y amor.
La mayoría de tradiciones espirituales del mundo apuntan
hacia el matrimonio como la relación más sagrada del mundo. Esto tiene,
obviamente, un sentido muy práctico; la familia como institución es el núcleo formador
de la sociedad. Sin embargo, más allá del pragmatismo social-económico del
mundo, en la familia es donde verdaderamente vemos reflejado quienes somos
nosotros mismos porque no será sino en la convivencia, ante la adversidad, en
nuestra responsabilidad y auto entrega hacia otros donde veremos asomar el
miedo, el rencor y responderemos con fortaleza o y paz, o nos dejaremos vencer
por nuestras prospecciones irracionales.
Cuándo encontramos la comprensión espiritual de nuestras
relaciones, entendemos que somos nosotros los responsables (ojo, no existe la
culpa) de manifestar lo que pasa a nuestro alrededor. Esto incluye también las
acciones desfavorables del resto frente a mí: insultos, golpes, traiciones,
enfados.
Una persona que desea el amor, pero a su vida no atrae más
que un fracaso sobre otro, podría estar vibrando inconscientemente en el sentimiento de ser indigno del mismo. De esta
manera, aunque su mayor anhelo sea alcanzar el amor, es al mismo tiempo el
responsable de atraer lo que no desea y así fortalecer el sentimiento que lo
atrae.
Una mirada ideal de nuestras relaciones, ante la desidia y
el fracaso, la amargura y el rechazo, nos llevará a la pregunta ¿qué tengo que
aprender sobre mí mismo en esta situación? Y ante el (supuesto) error ajeno, y
ante la gran tentación de criticar, nos llevará a decir: Yo he causado esta
situación en mi vida. Me perdono a mí mismo!
En mi universo infinito, todo es perfecto. Las posibilidades
son infinitas y estoy abierto a todas ellas.