Y alguien apareció, en algún momento, en algún lugar, en el sitio
adecuado; o talvez, en el peor de los momentos, en el limbo, en este
inexplicable universo.
Era alguien siempre fuerte,
siempre segura, siempre amable, siempre bella, y con un corazón tan
grande que dejaba poco espacio para quienes tenemos un corazón pequeño y
frío.
Cada día compartido traspasaba las fronteras de lo admirable, justamente donde limitan los sentimientos confusos.
Los minutos caminaban, las horas corría e inexplicablemente los días volaban.
La
mayoría de las noches ocultaban sus estrellas bajo un manto de nubes y,
aún así, el cielo mostraba su inmensidad cual regalo dedicado al amor.
Después
de la caída del sol, en varias ocasiones escucharon el sonido de las
olas que venía a retumbar como un grito de VIVA LA LIBERTAD. Olas que a
pesar de su majestuosa imponencia, fueron privilegiadas con el honor de
ser testigos de sentimientos tan sinceros y tiernos como el inocente
beso de un niño, o el latir de dos corazones apasionadas.
Pero el sol siguió su camino a la nada¡¡¡ Cumpliendo así su labor cotidiano en el vaivén creador de luz y vida.
Ellos nunca encontraron enemigos más allá de sí mismos.
Nunca antes habían comprendido el peso del miedo, el miedo al vacío, la nada, el todo, algunas cosas.
Algunos
detalles pasaron inadvertidos. Pequeños Grandes Detalles; quehaceres,
frases, ironías, risas, verdades, mentiras, incluso caricias, besos y
abrazos. Algunas veces la timidez venció a la ternura, la ira a la
razón, el orgullo al amor.
Finalmente, no hubo final, no hubo principio; la canción no sonó, la obra no empezó, no hubo tesis, no hubo conclusión.
Ella
siguió siendo fuerte, segura, amable, siempre bella. El sol siguió con
su rutina sin alcanzar a calentar los corazones fríos y pequeños de no
pocos. Las olas todavía majestuosas, los detalles inadvertidos, Y aunque
no triunfó ni la timidez, ni la ira, ni el orgullo, tampoco lo hicieron
la ternura, la razón y mucho menos el amor.
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